Roma pasó de ser un pequeño núcleo urbano a dominar la práctica totalidad del mundo conocido, desde Hispania hasta el Norte de África, limitado por el desierto, hasta el Tigris por el Este y hasta Britania por el Norte. Un Imperio de esta magnitud requiere poesía para que los hombres crean en él, una mitología propia, que no es la de los dioses a los que se reza, sino una mitología que ayude al sentimiento de pertenencia a algo mayor, algo originado por una fuerza mayor que el mundado día a día, predestinado a ser lo que es. Se decía que en el s.XX la palabra perdió su capacidad para crear utopías, en la época de Roma, un pueblo belicoso, expansionista e imperialista, que en mi opinión no conocía la lealtad ni la honradez, se forjó un origen mítico digno de héroes, comparable a ciclos como el Gilgamesh o el Ramayana.
La mayor parte de la historiografía de la época son textos griegos, que incluyen hechos históricos y legendarios, si es que algunos pueden aceptarse como históricos, lo cual algunos autores dudan. Podemos consultar las Antiguedades Romanas de Dionisio de Halicarnaso o la Historia de Tito Livio. No existen cuentas hechas por los romanos hasta el s.III a.C., los Anales. La Eneida, de Virgilo, nos muestra un origen mitológico de Roma, en el que el héroe, Eneas, tras huir de Troya, se convierte en antecesor de los romanos. Eneas ya aparece en la Iliada y no puede tomarse esta historia como más que un relato épico nacionalista en el que Roma se exaltaba, en un momento histórico en el que este sentimiento temblaba, por lo que un héroe que emprende un viaje por el bien de la patria, y no el personal, era idóneo. La historia de dos hermanos amamantados por una loba y que deciden fundar una ciudad tampoco puede tomarse mucho más en serio que El libro de la selva.
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Friday, 12 February 2010
Tuesday, 26 January 2010
Formas guarras de ver las cosas y formas aún más guarras de decirlas
Esto es algo que escribí hace tiempo a razón de alguien que borró de una página de internet algo que envié, acusándolo de pornografía. No recuerdo qué era, pero para ver pornografía en ello había que buscar mucho y profundo. Me molestó bastante y escribí esto, para esa persona, en un intento de explicar qué es la pornografía y de molestar.
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La palabra “pornografía” deriva del griego πορνογραφíα, del cual porne significa “prostituta” y grafía, “descripción” o “letra”. Esto viene a significar que alude a la prostitución, su descripción y actividades derivadas. Pese a la etimología griega, la palabra es de aparición reciente y hoy en día se entiende la pornografía como el conjunto de materiales audiovisuales reproductibles que recogen la realización de actos sexuales con la intención de provocar excitación sexual en el receptor.
Los medios de comunicación audiovisual principales de dicho sector son el cine, fotografía y literatura, quedando el auditivo puro y duro relegado a teléfonos de pago. Hay otras fórmulas, como el cómic, pintura y escultura, pero a excepción del primero, tienen poca repercusión a fecha de hoy.
Hay algunos que se atreverían a decir que la pornografía es tan vieja como el mundo y como el oficio de las putas. Yo no me atrevo. Se puede aludir a esculturas prehistóricas, como
la Venus de Willendorf y otras grandes féminas de enormes curvas talladas en piedra, como antecesores de la pornografía. Pero, porque siempre hay un pero, hay una distancia fundamental, y es que su intención no era la de provocar excitación sexual, sino rogar fertilidad a los dioses. Su fin era religioso, ritual, no onanista.
Lo mismo ocurre con los templos hinduistas decorados con parejas fornicando (o haciendo el amor) en múltiples posturas o los grabados de la dinastía Chin, igualmente explícitos. Ni siquiera el Kama Sutra y su conocidísimo Jardín Perfumado son pornográficos: es un manual de instrucciones.
Después llega el cristianismo, que convierte cualquier alusión visual al sexo en tabú. Con el tabú llega la obscenidad y con ella, la perversión. Después, aparece la fotografía. Al poco de empezar Daguerre sus andaduras ya se empezaron a hacer los primeros desnudos. Tengo, en algún lugar, una recopilación de vintage erotica, películas pornográficas mudas de lo que diría son los años ’10 a ’20. En ellas se ven mujeres carnosas, nada que ver con las niñatitas actuales, realizando lo que no dejan de ser cosas comunes a puertas cerradas, pero con una cámara delante. Eso sí es pornografía. Con el cinematógrafo esto avanzó horrores.
Luego llegan los ’70,
la Revolución Sexual, el aumento de producciones eróticas y el restreno de Garganta Profunda, Taboo e incide Jennifer Welles. Luego llegan los 80, los 90, el auge de las mujeres siliconadas y preciosas según los cánones de un fabricante de barbies, siendo folladas en posturas imposibles por maromos de polla enorme. Luego no sé qué viene, pero es aburrido.
Durante los rebotes de represión post-victoriana del s.XX (y algunos momentos presentes en el XXI), los defensores de la liberalización sexual y algunos defensores de la autonomía personal en ella, junto con defensores de “yo escribo lo que me da la gana” (podemos pensar en D.H. Lawrence o Miller) se desacreditaba la diferencia entre erotismo y pornografía, diciendo que es indiscernible. Decían que lo único pornográfico era la mirada.
Este argumento sirve, principalmente, para legitimar gustos propios frente a los ajenos y para justificar sus elecciones literarias. Pese a ello, tienen razón. Existe una mirada pornográfica, una mirada que busca lo sucio, lo obsceno, la fantasía, el orgasmo, que se revuelve y revuelca disfrutándolo tanto como ese primer fotógrafo con esa primera señora de grandes carnes sin ropa. La mirada pornográfica no se sacia, por eso durante 20 años hemos visto mujeres clónicas con pollas clónicas follándoselas al mismo ritmo. Con maquillaje distinto, las modas cambian. Da igual la cantidad de posturas, lugares o historias absurdas de fontaneros, la cuestión es la misma y la combinación de carnes limitada.
Ver a dos follar, reproducirlo, rebobinar, describirlo, hacer un zoom, combinarlo, meter circunstancias absurdas, complementos extraños, lo grotesco, la ausencia de vergüenza, de celulitis, las fronteras del dolor, de la humillación, del placer, del cuerpo… Todo esto por el mero afán de la reproductibilidad despersonaliza el acto en sí bajo la mirada del pornógrafo. Se genitaliza. La mirada pornográfica está fija entre las piernas, es un estilo de perversión, una costumbre desviada, un género producido por una mirada distinta. Es la relación género-mirada lo que la comunicación de nuestra época provoca y la tecnología informática ratifica, creando una comunicación limitada en cuanto a mensajes, pero ilimitada en cuanto a cantidad. Se fija la mirada en el objeto de la obsesión.
Según las teorías clásicas (Freud o el Psicopathia Sexualis), la mirada pornográfica, donde el deseo de follar se convierte en deseo de mirar, se asocia a la angustia por la castración que experimenta el hombre ante la vista de los genitales femeninos. Esto, elaborado, se vuelve fetichismo. Para Freíd era una neurosis típicamente masculina, como la histeria lo es femenina (etimológicamente significa algo así como “estar atacada del coño”, que me decía mi profesor de interpretación). Esto son pajas mentales que no vienen a cuento.
La pornografía actual no tiene nada que ver con códigos represores, daños morales ni castraciones. No es una reacción ante la represión ni una transgresión a la moralidad actual. No es tampoco una variedad del género fantástico (que decía Susan Sontag), porque no moviliza la fantasía. Tampoco es arte, porque yo diría que el arte de hoy en día tampoco lo es. Es otra cosa, es compra venta. Como dice Enrique Lynch: “Es universal, desclasada, libre, lúdica o escatológica y, sobre todo, profundamente plebeya, como los Canterbury Tales, pero sin voluntad de bufonería.”
Todo esto viene a significar lo siguiente. Si la pornografía está en la mirada, y no en la intención del que emite un mensaje, algunas personas deberían graduarse las gafas. Si no está en la mirada, y sí lo está en el mensaje, mientras el mensaje no reproduzca actos sexuales y su intención sea la de excitar, no es pornografía. Si no sabes qué es la pornografía, no toques las cosas de los que sí lo saben.
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La palabra “pornografía” deriva del griego πορνογραφíα, del cual porne significa “prostituta” y grafía, “descripción” o “letra”. Esto viene a significar que alude a la prostitución, su descripción y actividades derivadas. Pese a la etimología griega, la palabra es de aparición reciente y hoy en día se entiende la pornografía como el conjunto de materiales audiovisuales reproductibles que recogen la realización de actos sexuales con la intención de provocar excitación sexual en el receptor.
Los medios de comunicación audiovisual principales de dicho sector son el cine, fotografía y literatura, quedando el auditivo puro y duro relegado a teléfonos de pago. Hay otras fórmulas, como el cómic, pintura y escultura, pero a excepción del primero, tienen poca repercusión a fecha de hoy.
Hay algunos que se atreverían a decir que la pornografía es tan vieja como el mundo y como el oficio de las putas. Yo no me atrevo. Se puede aludir a esculturas prehistóricas, como
la Venus de Willendorf y otras grandes féminas de enormes curvas talladas en piedra, como antecesores de la pornografía. Pero, porque siempre hay un pero, hay una distancia fundamental, y es que su intención no era la de provocar excitación sexual, sino rogar fertilidad a los dioses. Su fin era religioso, ritual, no onanista.
Lo mismo ocurre con los templos hinduistas decorados con parejas fornicando (o haciendo el amor) en múltiples posturas o los grabados de la dinastía Chin, igualmente explícitos. Ni siquiera el Kama Sutra y su conocidísimo Jardín Perfumado son pornográficos: es un manual de instrucciones.
Después llega el cristianismo, que convierte cualquier alusión visual al sexo en tabú. Con el tabú llega la obscenidad y con ella, la perversión. Después, aparece la fotografía. Al poco de empezar Daguerre sus andaduras ya se empezaron a hacer los primeros desnudos. Tengo, en algún lugar, una recopilación de vintage erotica, películas pornográficas mudas de lo que diría son los años ’10 a ’20. En ellas se ven mujeres carnosas, nada que ver con las niñatitas actuales, realizando lo que no dejan de ser cosas comunes a puertas cerradas, pero con una cámara delante. Eso sí es pornografía. Con el cinematógrafo esto avanzó horrores.
Luego llegan los ’70,
la Revolución Sexual, el aumento de producciones eróticas y el restreno de Garganta Profunda, Taboo e incide Jennifer Welles. Luego llegan los 80, los 90, el auge de las mujeres siliconadas y preciosas según los cánones de un fabricante de barbies, siendo folladas en posturas imposibles por maromos de polla enorme. Luego no sé qué viene, pero es aburrido.
Durante los rebotes de represión post-victoriana del s.XX (y algunos momentos presentes en el XXI), los defensores de la liberalización sexual y algunos defensores de la autonomía personal en ella, junto con defensores de “yo escribo lo que me da la gana” (podemos pensar en D.H. Lawrence o Miller) se desacreditaba la diferencia entre erotismo y pornografía, diciendo que es indiscernible. Decían que lo único pornográfico era la mirada.
Este argumento sirve, principalmente, para legitimar gustos propios frente a los ajenos y para justificar sus elecciones literarias. Pese a ello, tienen razón. Existe una mirada pornográfica, una mirada que busca lo sucio, lo obsceno, la fantasía, el orgasmo, que se revuelve y revuelca disfrutándolo tanto como ese primer fotógrafo con esa primera señora de grandes carnes sin ropa. La mirada pornográfica no se sacia, por eso durante 20 años hemos visto mujeres clónicas con pollas clónicas follándoselas al mismo ritmo. Con maquillaje distinto, las modas cambian. Da igual la cantidad de posturas, lugares o historias absurdas de fontaneros, la cuestión es la misma y la combinación de carnes limitada.
Ver a dos follar, reproducirlo, rebobinar, describirlo, hacer un zoom, combinarlo, meter circunstancias absurdas, complementos extraños, lo grotesco, la ausencia de vergüenza, de celulitis, las fronteras del dolor, de la humillación, del placer, del cuerpo… Todo esto por el mero afán de la reproductibilidad despersonaliza el acto en sí bajo la mirada del pornógrafo. Se genitaliza. La mirada pornográfica está fija entre las piernas, es un estilo de perversión, una costumbre desviada, un género producido por una mirada distinta. Es la relación género-mirada lo que la comunicación de nuestra época provoca y la tecnología informática ratifica, creando una comunicación limitada en cuanto a mensajes, pero ilimitada en cuanto a cantidad. Se fija la mirada en el objeto de la obsesión.
Según las teorías clásicas (Freud o el Psicopathia Sexualis), la mirada pornográfica, donde el deseo de follar se convierte en deseo de mirar, se asocia a la angustia por la castración que experimenta el hombre ante la vista de los genitales femeninos. Esto, elaborado, se vuelve fetichismo. Para Freíd era una neurosis típicamente masculina, como la histeria lo es femenina (etimológicamente significa algo así como “estar atacada del coño”, que me decía mi profesor de interpretación). Esto son pajas mentales que no vienen a cuento.
La pornografía actual no tiene nada que ver con códigos represores, daños morales ni castraciones. No es una reacción ante la represión ni una transgresión a la moralidad actual. No es tampoco una variedad del género fantástico (que decía Susan Sontag), porque no moviliza la fantasía. Tampoco es arte, porque yo diría que el arte de hoy en día tampoco lo es. Es otra cosa, es compra venta. Como dice Enrique Lynch: “Es universal, desclasada, libre, lúdica o escatológica y, sobre todo, profundamente plebeya, como los Canterbury Tales, pero sin voluntad de bufonería.”
Todo esto viene a significar lo siguiente. Si la pornografía está en la mirada, y no en la intención del que emite un mensaje, algunas personas deberían graduarse las gafas. Si no está en la mirada, y sí lo está en el mensaje, mientras el mensaje no reproduzca actos sexuales y su intención sea la de excitar, no es pornografía. Si no sabes qué es la pornografía, no toques las cosas de los que sí lo saben.
Monday, 25 January 2010
Abscence
You aren't here and neither makes me happy nor sad. When you are not here I don't become a better person, it doesn't help me get up in the morning, it doesn't give me the strength to fight, to choose between killing or dying. The distance and the silence doesn't make me think over my mistakes and faults, it won't wake me and show me the light. Your absence is completely useless to me.
Sunday, 24 January 2010
Lágrimas de Eros
La culminación amorosa en la pareja es un bondage o esclavitud mutua. Los amantes luchan por superar sus límites individuales para fundirse en un solo ser; pero esa fusión no se producirá sin violencia, sin la pasión caníbal por devorar al otro o por vampirizarlo.
* * *
The culmination of love between two people is a form of bondage or mutual slavery. The lovers struggle to transcend their limits as individuals and merge into a single being, but that fusion will not take place without violence, without the cannibalistic passion of one seeking to devour the other, or vampirise him.
Friday, 15 January 2010
Sunday, 10 January 2010
Shamash-shum-ukin
When Sin-iddina-apla died, Esarhaddon's crown, the two remaning sons were invested, Assurbanipal was invested crown prince, but he only took Assyria whilst Shamash-shum-ukin share was Babylonia. But this land was no to be theirs until King Esarhaddon died. Since nothing can guard you against death, it eventually came to him and, as happens to most, it came to him unprepared. Priests were not happy with the arrangement, courts were not happy and people, in general, were not happy, but the gods themselves had appointed him to be king when he was still in his mother's womb, it was to be him and none other, and the word of Assur and Belit-ile should be carefully listened to, so they rose to the throne nonetheless. To back it all up even more, it was widely known that ever since the Elamites stole the statue of Ishtar, 1500 years back, she had chosen Assurbanipal as king.
For reasons that will not be known, Shash-shum-ukin rose in rebellion against his brother, together with the king of the Elamites, Nabu-bel-shumate, the southern Chaldean tribes, Amurru and Meluhha, kings of Guti and tribes from the Arab desert. Babylon yielded after a two year siege and cannibalism.
With nothing more he could loose, probably shamed to be thrashed by his younger sibling, Shash-shum-ukin burnt his palace down to ashes, with his treasury, concubine and himself in it.
For reasons that will not be known, Shash-shum-ukin rose in rebellion against his brother, together with the king of the Elamites, Nabu-bel-shumate, the southern Chaldean tribes, Amurru and Meluhha, kings of Guti and tribes from the Arab desert. Babylon yielded after a two year siege and cannibalism.
With nothing more he could loose, probably shamed to be thrashed by his younger sibling, Shash-shum-ukin burnt his palace down to ashes, with his treasury, concubine and himself in it.
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